Llevo recorrido un camino bastante corto en cuanto a vida, pero el suficiente para darme cuenta de que existen tantas personas diferentes como estrellas puede haber en el cielo.
Hay personas vacías y personas llenas. Personas que, por mucho que estés con ellas, no te dejan ninguna marca. Te vas de allí sin nada que pensar, ni recordar, ni siquiera sentir. Como si se hubiera creado un vacío en el tiempo.
En cambio, y éstas son las que más me gustan, a medida que han ido pasando los días, me he ido encontrando con gente tan completa... Son difíciles de encontrar, pero muchas veces no necesitas más que un gesto para identificarlas. Te miran, te hablan, te hacen sentir un algo, al que todavía no he sabido poner nombre, aunque creo, a la vez, que no lo necesito. Es como una de esas cosas que sólo puedes experimentar sin necesidad de esplicaciones.
De hecho, la vida está repleta de momentos fabricados únicamente para los sentidos. En ellos, las palabras vuelan como el aire. Sobran.
He encontrado, o más bien he tropezado, también con personas fugaces. Personas que aparecen un día, una noche o sólo un instante. Están, te regalan una sonrisa, un beso, a veces hasta sexo, y luego se van de la misma forma como cuando llegaron. Lo curioso de este tipo es que son capaces de regalarte mucho más en un segundo que cualquier otra persona en toda una vida. Es por eso que me gusta tropezar.
Luego están, como no, las de siempre. A algunas las trae la suerte, el azar... no sé muy bien como llamarlo. El caso es que algunas aparecen de repente, y, cuando menos te lo esperas, te das cuenta de que se han quedado contigo. De que están en tus días, cuando más las necesitas, y son las que te sacan esa sonrisa que creías imposible.
A esas, no las cambiaría por nada.
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