Mi padre era una de esos hombres que, cada noche, se acercaba a mi cama para leerme un cuento.
Aquellas historias eran de una extravagancia y fantasía que yo, a mis diez años, no lograba comprender.
Poco después, entendí que mi padre leía más para él que para mí, que aquella rutina nocturna de sentarse junto a mi cama era sólo una excusa para olvidarse de una realidad que, a mi parecer, odiaba.
Hace varios días, me vino a la mente, a modo de destello, uno de aquellos extraños relatos.
Todo sucedía en una especie de mundo al revés.
Los hogares, calles y comercios estaban llenos de individuos inertes desde que nacían. Sí, lo natural era ser un cadáver. Y para que aquella forma de vida (o de muerte) funcionara, el Gobierno suministraba algo así como unas cápsulas mágicas, cuyo contenido era capaz de convertir a los muertos en vivos durante doce horas al día.
Como ahora.
Si al Gobierno le preocupara verdaderamente nuestra salud no vendería nuestra propia muerte en dosis de veinte.